Con la llegada de Trump a la presidencia de los EE.UU. el tablero energético cambiará

Ahora con un nuevo presidente, el futuro energético de los EE.UU., el mayor productor de petróleo, de gas combinado y de energía eólica del mundo, no es asunto baladí. Para Donald Trump se abre una senda en la que tendrá que decidir sobre el futuro del fracking tras varios años de bajos precios de los hidrocarburos y la posición que ocuparán las renovables y el cambio climático en las políticas del país.

Todo apunta a que será una cuestión complicada ya que la clase política ha mostrado posturas muy enfrentadas respecto a varios de estos temas candentes durante la campaña y que seguirán dando que hablar durante la próxima legislatura, según destacó Paul A. Isbell, especialista en Energía de la Universidad John Hopkins (Baltimore, Maryland).

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Los principales puntos de fricción girarán en torno a las políticas regulatorias y la protección medioambiental, que deberán debatirse en la Cámara y en el Senado, ahora de mayoría republicana.

La nueva Administración de Trump hereda una serie de asuntos que han generado polémica durante los años de mandato de Barack Obama, quien deja tras de sí unos años protagonizados por una apuesta incansable por las energías limpias y la eficiencia energética que también es compartida por Xi Jinping, presidente de China.

Ambos, responsables de los dos países más contaminantes del mundo, lanzaron el primer anuncio de recorte de emisiones de gases de efecto invernadero por parte de China, en Paris.

El país asiático se comprometió a alcanzar su nivel máximo de emisiones en 2030 y a que ese mismo año el 20 por ciento de la energía producida en su país proceda de fuentes limpias y renovables. Por su parte, Estados Unidos se comprometió a reducir sus emisiones para 2025 entre un 26 y un 28 por ciento con respecto a los niveles de 2005, lo que supone el doble del recorte previsto entre 2005 y 2020.

Además, en pocos años Estados Unidos se ha convertido en el país que más energía eólica genera, albergando los parques eólicos onshore más grandes del mundo. La mayoría en Texas, pero todo puede cambiar con el nuevo Gobierno.

La agenda de Obama se ha caracterizado por su fuerte oposición al polémico oleoducto Keystone XL, que uniría Canadá con EEUU, por cuestiones ambientales y porque “no satisface los intereses nacionales”, según declaró cuando se canceló el proyecto en noviembre de 2015. Según Obama, la construcción del oleoducto no hubiera supuesto una bajada de los precios de la gasolina para los consumidores estadounidenses como apuntaban sus defensores. De hecho, esos precios habían estado cayendo de manera constante durante los últimos años. También Hillary Clinton mostró entonces su oposición al proyecto propuesto por la empresa canadiense TransCanada.

A pesar de esta agenda “verde” impulsada por el Plan de Energía Limpia (CCP por sus siglas en inglés), no ha sido un camino fácil debido sobre todo a la oposición republicana a esta regulación que ahora renueva su fuerza. Las críticas también han venido del lado de los demócratas, o al menos de los votantes, ya que durante el mandato de Obama la industria del shale oil ha vivido un gran impulso y ha sido su Administración la que ha levantado la prohibición de exportar crudo al exterior en diciembre de 2015.

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Dicha ley estaba vigente desde la crisis de los años 70 en respuesta al embargo árabe, pero debido al exceso de oferta derivado del boom del shale oil, unos inventarios al borde de su capacidad y la posibilidad de aumentar los intercambios con otros países, Obama levantó la prohibición en diciembre de 2015.

Esta modificación constituye un gran paso hacia el cambio en la estrategia energética del país y su voluntad de pasar de importador a exportador de petróleo, es decir hacia la autosuficiencia energética. En su día, Brooking Institution calculaba que EEUU tendría capacidad de exportar hasta 700.000 barriles diarios de crudo ligero a partir de 2016. Los envíos desde Sabine Pass no han tardado en llegar y países como España, China, o México ya han recibido sus primeros pedidos.

Esta competencia, que también beneficia a la industria de los envíos del Gas Natural Licuado (GNL), es una gran oportunidad para el país y para el sector energético, pero no hay que olvidar que agudiza aún más la competencia existente con otros productores y contribuye a inundar más aún el mercado de petróleo, aquejado de sobreoferta desde hace dos años y con un impacto en los precios del crudo que se ha hecho insostenible, obligando incluso a pesos pesados como Arabia Saudí, a replantearse su estrategia de cara a la cuota de producción y su postura dentro de la OPEP.

Hace unas semanas, en la reunión informal en Estambul, los saudíes se mostraron junto a Rusia dispuestos a limitar su producción, pese a la presión que recibe de su archienemigo Irán, dispuesto a recuperar el nivel previo al levantamiento de las sanciones. Unas sanciones que, por cierto, fueron impuestas en el año 2010 y levantadas en 2015 por Estados Unidos en ambos casos.

Las repercusiones de estas acciones en el precio de las materias primas han provocado además un ligero descenso en la producción de EEUU, que se estima que llegue a los 8,8 millones de barriles diarios en 2016, frente a los 9,4 de 2015, según la Administración de Información de Energía (EIA). Al fin y al cabo, las inversiones en gas y petróleo dependerán más del precio del petróleo que del partido que mantenga la presidencia, afirman los expertos.

Las cuencas que más cayeron fueron las de Eagle Ford y Bakken, que son a su vez las que acumulan mayor producción de shale gas y shale oil, junto con Marcellus, donde se encuentra el mayor yacimiento de shale gas de Estados Unidos. Pese a las dificultades que están pasando estos últimos años, que han implicado recortes de inversión de hasta un 25 por ciento, las empresas estadounidenses continúan siendo pioneras, capaces de explotar las 59 cuencas de esquisto del país y de garantizar el futuro del sector. Además su alta capacidad de refinación, que acapara el 18 por ciento del total mundial, con 18,31 millones de barriles diarios, según el BP Statistical Review 2016, supone una gran ventaja estratégica, que ha permitido ademas abastecer su enorme demanda, la mayor del mundo después de China.

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Pese a la fe de Trump en los combustibles fósiles, demostrada durante la campaña, para poder satisfacer la demanda a largo plazo los precios tienen que ser superiores a los 70 dólares por barril, según Rystad Energy. Las cotizaciones actuales no son suficientes para incentivar niveles estables de autorizaciones estatales de proyectos. El principal desafío en este entorno cambiante es dilucidar el peso de cada energía en el mix energético. En los últimos años se ha incrementado el debate sobre dónde deben concentrarse los esfuerzos para satisfacer la demanda energética, con la disponibilidad de nuevas opciones como el shale, el GNL y las energías renovables en detrimento del carbón.

Los expertos apuntan a que el GNL es la  gran solución ya que es la energía fósil menos contaminante y a la vez se puede combinar con las plantas renovables y aportar una valor añadido a los sistemas de almacenamiento. “Para muchos, el gas natural es la mejor opción para avanzar hacia una economía energética sostenible debido a su suministro fiable y a sus bajas sus emisiones”, afirma Amanda Augustine, analista del Observatorio de EEUU de BBVA Research. Pero las nuevas inversiones necesitarán de un impulso a nivel regional, que es en definitiva el que podrá mantener el desarrollo logrado o frenarlo.

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